Inquieto buscador de silencios. Perdido entre pinceles y letras, me debo a los sueños cumplidos y a los que me quedan por cumplir.
Lugar de encuentro entre mis pinceles, mis letras y el mundo.
Bienvenido al círculo de hidrógeno encendido.
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pulsación (fem.) 1. Acción de pulsar. 2. Cada uno de los golpes rítmicos perceptibles en el cuerpo por los impulsos comunicados a la sangre a través de los latidos del corazón. 3. Justeza con la que pulsa las teclas un pianista. 4. Cada impulso en el movimiento rítmico de un fluido. –Diccionario María Moliner–
Pulsaciones
Dispuestas las texturas construidas a base de polvo de sílice sobre un lino extendido de un metro de altura, me detengo ante ese blanco amarfilado. El aire del estudio está cubierto de una miscelánea de incienso, de almizcle, de trementina derramada sobre un trozo de tela oscura, libros abiertos y cerrados, grafito y pigmentos. Me vienen a la mente infinidad de imágenes que no hacen más que concluir que nada se repite jamás, pues nunca estuve igual ante un pedazo de lino. Nunca las pulsaciones fueron réplica de otras. Nunca, ante el deseo, pasan por nuestro cuerpo el aliento o la sangre de idéntica forma.
Detenido ante el lienzo que araña mi piel con ese vacío desbordante, me hago preguntas que me llevan en su corriente a lugares distintos. Es entonces, en ese periodo impredecible que antecede a la creación, cuando de todos los lugares visitados en mi mente, va cobrando envergadura aquella imagen trascendente del abrigo de Chimiachas. En mitad de una oquedad, en la margen derecha del barranco: la figura de un ciervo de líneas maestras, pintado sobre la piedra en un rojo de matices idénticos al vino y la sangre, hace seis mil años. Un ciervo. Nada más.
Ahora, frente a la tela, el ciervo pintado hace seis mil años y yo estamos a solas. Sus pulsaciones y las mías se acompasan, compartimos algo más que un abrigo. Si el viento moviera una sola brizna de hierba, desde aquí podríamos oírla. Si la tormenta se desnudase a dos montañas de aquí, podríamos escuchar su latido creciente. Si un verso apareciera de pronto en aquel cuaderno, llegaría hasta aquí el rasguño de la tinta sobre el papel y podríamos leerlo.
El ciervo lame mi mano. El sobrecogimiento de la piedra, el perfume de la sílice, el almizcle del silencio: me dispongo a pintar.
Paolo Fresu: Trumpet – R. Cipelli: Piano – A. Zanchi: Double Bass – E. Fioravanti: Drums
(“Respiro” – song from the album The Blue Note Years)
Existe una voz que penetra a través de las grietas del no-tiempo. Para pronunciar tu nombre sobre el mío fluye líquida y sonora entre mis huesos hace llover lobelias azules en mis ojos.
Por eso sé que te llamas sauce y que tu nombre estará por siempre desnudo como lo están todos los nombres del mar.
Te llamas vino y te llamas también idioma, mapa, siglo y tu vid es roja como la sangre y tu lengua es un camino más allá del silencio ingobernable.
Dará lo mismo el monte de donde venga tu llanto o el mío porque nada ni nadie puede olvidarte porque te llamas lluvia ―eres agua entre los párpados de mi vientre― y entras en mi yo inhabitable sin evitar mi abrigo, mi sombrero y mi sombra.
Existe una voz que se adhiere y se subleva en mi calma para decirme al oído que te llamas verso porque conjugas la sal de mi alacena y todo sabe a océano cuando te pronuncio y todo huele a algas en mis ojos.
Te llamas libro y al leerte se borran todas mis páginas y acude un fuerte viento a desordenar mis índices mi afonía y mi cerco.
Te llamas canción abisal y tu orografía será siempre una piel sobre un hueso en flor.
Siendo pequeño solía tener un sueño que se repetía con cierta frecuencia. Me veía en el interior de un enorme museo a media noche, en soledad. Imbuido en el más absoluto de los silencios, en mitad de un pasillo, miraba entorno a mi cuerpo de niño las paredes y los salones repletos de arte a través de aquella oscuridad invencible (…) Cuando llegué hace ya unos años por primera vez a Cărtărescu, aquel sueño de infancia regresó de pronto. El libro fue Nostalgia, esa extraña aventura literaria, compendio de breves relatos de Mircea. La pluma del escritor rumano es portentosa. La minuciosidad casi barroca con la que llega a envolverte en sus descripciones, el misterio insondable de ciertos personajes, ese territorio tan poco frecuente entre lo onírico y lo vivido, late con fuerza entre sus páginas.
Desde El ruletista (imposible olvidar esa crudísima historia) hasta El arquitecto, relato con el que cierra el epílogo, no encontraremos espacio para la comodidad. Pero a mí me gusta la lectura incómoda, la que muestra sin pudor los engranajes del ser humano y se toma la osadía de dejarte sin aliento durante algo más que un mero instante.